EL LEGADO SEFARDI

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EL LEGADO SEFARDI.

Editorial

Por Javier Orts

Como de todos es bien sabido Sepharad o Sefarad es, en hebreo, España. Consecuentemente, los sefardíes o sefarditas eran los judíos que fueron expulsados en 1492 de los Reinos de Castilla y Aragón de cuya unión -con la anexión de los de Granada y Navarra- darían lugar a España, así como a sus descendientes entre los que ha perdurado el vínculo histórico y cultural con España.

Judíos en España ha habido siempre. Como en todo el Mediterráneo. Llegaron con los asentamientos griegos y fenicios y, posteriormente, con la dominación romana. En los años 70 y 135 DC concluyeron las dos guerras judeo-romanas y Roma ordenó la dispersión total y definitiva del pueblo judío de su solar de origen, Palestina. Muchos de ellos se instalaron en la Hispania romana. Durante la dominación visigoda, árabe y altomedieval, las aljamas judías progresaron extraordinariamente. Los judíos amasaron grandes fortunas especializándose en sectores productivos concretos y algunos prohibidos por la religión cristiana: el préstamo con interés. La convivencia con los grupos sociales dominantes -musulmán en Al Andalus y cristiano en los reinos de Castilla, Aragón y Navarra conforme avanzaba la Reconquista- no estuvo exento de grandes problemas y periódicamente la población judía era objeto de pogromos.

Los reyes hispanos bajomedievales se rodearon de judíos: médicos, banqueros, administradores y consejeros. Algunos de ellos se fueron convirtiendo al catolicismo conforme su carrera social y política ascendía intentando así evitar ser discriminados por los cristianos viejos.  Durante los reinados de Pedro I, Enrique IV o la mismísima Isabel la Católica importantes puestos fueron ocupados por eminentes judíos: alcaides de castillos, tesoreros, banqueros -como el famoso Luis de Santángel que facilitaría a la Corona los fondos para fletar el primer viaje de Colón tomando como garantía las joyas de la reina- o el propio médico personal de Isabel la Católica a quien atendió en todos sus partos. Hay que tener en cuenta que los judíos no eran súbditos de los reyes en cuyos territorios vivían, ni quedaban sujetos a muchas de sus leyes, teniendo las propias. Eran tolerados y se les permitía vivir practicando su religión y de acuerdo con sus costumbres en zonas cerradas de las ciudades: las aljamas o juderías. Hubo importantes juderías en Galicia (Ribadavia), en Castilla (Segovia y Toledo), en Aragón (Zaragoza) y en Andalucía (Córdoba, Lucena, Sevilla) pero fue Toledo bajo el reinado de Alfonso X El Sabio cuando la ciudad se convirtió en el crisol de  las tres culturas -cristiana, musulmana y judía- con la Escuela de Traductores de Toledo perviviendo aún las más importantes y antiguas sinagogas medievales: la del Tránsito y la actual Santa María la Blanca.

Cuando las ciudades del último reducto andalusí – el Reino de Granada, que comprendía amplias zonas de las actuales provincias de Cádiz, Granada, Málaga y Almería- fueron cayendo bajo poder de los Reyes Católicos, las comunidades judías fueron sistemáticamente despojadas de sus propiedades en favor de los caballeros vencedores y la población vendida salvo que las aljamas castellanas se hicieran cargo de sus rescates.

En los albores de la Edad contemporánea esta fórmula jurídica dejó de ser útil toda vez que los judíos levantaban cada vez más tensiones sociales y eran objeto de delaciones, denuncias y razzias. Fue en este momento -1492- cuando los Reyes Católicos decidieron atajar esta grave inestabilidad y decretaron la expulsión de los judíos que no se convirtieran. La depuración posterior vendría para aquellos falsos conversos y que judeizaban a través de la temida Inquisición.

Después de asentarse brevemente en Portugal -de donde serán expulsados de forma inmediata y similar- y en el Norte de Africa, el grupo más nutrido de sefardíes terminó instalándose en el Imperio Turco que los acogió de buen grado conformándose una notable comunidad en Salónica, Grecia, entonces perteneciente a este Imperio. El termino sefardí se utilizaba entonces para designar -peyorativamente- a todo judío no centroeuropeo, alemán o ruso incluyendo a colectivos que nada tenían que ver con España. Sólo con la fundación del estado de Israel en 1945 se distinguió al sefardí de los judíos orientales (turcos, griegos, persas y magrebíes)

A lo largo de la Edad Moderna y Contemporánea los sefardíes se propagan por todo el Norte de Africa y saltan al nuevo mundo estableciendo comunidades en todos los Virreinatos y en las posteriores naciones fruto de la emancipación de Hispanoamérica. Una de ellos, Venezuela.

Durante la II Guerra Mundial la diplomacia franquista en Centroeuropa -y a pesar de las afinidades del régimen con la Alemania nazi- libró a muchísimos judíos del Holocausto facilitándoles pasaportes y salvoconductos españoles dada la condición, comprobada o no, de sefardíes de los interesados.

En 1982, el legislador español, sensible a los vínculos históricos y culturales con los sefardíes concedió a éstos el mismo trato que a los nacionales de los países hermanos hispanoamericanos, Guinea y Filipinas al poder acceder a la nacionalidad por residencia a través de un plazo super reducido de dos años. En 2015 -y hasta 2018- aligeró aún más los requisitos eliminando la residencia y exigiendo la acreditación de la condición de sefardí y una serie de pruebas culturales. Se ha querido ver, en todo ello, una especie de desagravio o compensación al trato dado históricamente a la comunidad judía española lo que cual ha generado problemas con otro colectivo mucho más numeroso y también expulsado de España entre los siglos XV y XVI: los moriscos.

Hoy por hoy la adquisición de la nacionalidad española a través de la acreditación de la condición de sefardí es una vía muy factible para obtener el preciado pasaporte español y comunitario, conservando, por descontado, la condición de venezolano. Sí es necesario acreditar la condición de tal a través de la autoridad rabínica o centro de Comunidades Judías correspondiente. Además el legislador español no establece un sistema de prueba tasada o cerrada sino que admite toda clase de documentación gráfica y genealógica que acredite el origen sefardí del solicitante. Un notario levantará el acta sobre la notoriedad de la condición de sefardí y el interesado -dispensado de hablar el “ladino” al ser castellanoparlante- solo deberá someterse a una prueba de conocimientos histórico-culturales y políticos de la realidad constitucional de España.

En VIVIR LEGAL EN ESPAÑA podemos asesorarte desde Venezuela y desde España de los requisitos a seguir y de las organizaciones que pueden ayudarte, tramitando todo el procedimiento para alcanzar el objetivo. ¿Tu apellido figura en las listas de apellidos sefardíes que circula por la web o en páginas culturales sefardíes? Es un punto de partida muy importante. Nosotros te ayudamos con el resto.

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